domingo, 28 de noviembre de 2010

El concepto de auctoritas de un teólogo dicharachero

La culpa la tienen las palabras. Insisten en toparse impertinentemente ante nosotros con pretensiones de contenido y comunicación. Y, usualmente, resulta. Aquella mañana, sin embargo, la cosa no funcionó así.

Las epístolas a los Corintios rompen esquemas tradicionales. Hemos hablado tanto de la iglesia primitiva y de sus bondades que, en el panegírico, perdimos la perspectiva del verdadero paisaje del momento. No, no eran todos tan buenos, ni tan fieles, ni tan coherentes. Nos imaginamos aquel período con un retrato de santidad que no responde a la realidad, al menos en las comunidades cristianas de Corinto.

Aquella ciudad era como una buena conexión de Internet, de esas que superan los dos dígitos de megas simétricos. Tenía un par de puertos, con todo lo que ello implica: comercio, novedades, marineros en busca de lo que buscan, vanguardias, extremos sociales, culturas. O en palabras de la web: Ebsco, Endnote, Cinetube, YouTube, Facebook, Taringa. Y la iglesia, como siempre sucede, se enfrentaba a esa realidad. En ocasiones respondía bien, por contraste, y en otras, ya se sabe, por asimilación. Esa es la razón por la que Pablo le tiene que enviar un par de mails (la RAE se puede molestar y pido disculpas: “correos electrónicos”) clarificando cómo debían ir las cosas.

Lamento el excurso, continúo el relato. Aquella mañana estaba preparando una meditación para el grupo que compone la Misión Estudiantil del Plata (cariñosamente “la MEP”) y me encontré con las salutaciones finales de la primera epístola a los Corintios. Quisiera decir que es una perícopa sumamente conocida por mis apreciados receptores universitarios pero no sé si me autoengañaría (de verdad lamento lo de la inapetencia lectora con relación a los textos bíblicos frente al MARCA). Bueno, volvamos a 1 Cor 16,19-24. Estábamos allí, él, en versión de la Biblia Traducción Internacional (no, no es un spot publicitario), y yo legañoso y preñado de preconceptos previamente prefigurados (¡cuán presuntuosos son los “pre”!). Me esperaba lo de siempre: saludos de aquí, saludos de allá, consejos, exhortaciones y una arenga final. Todo iba bien hasta que me topé con la palabra. Perdón por la inexactitud, hasta que me topé con la Palabra: ¡Maranata!

Pablo había dado saludos de los hermanos de las iglesias de Asia (estaba con ellos, probablemente en Éfeso). Especialmente de Áquila y Prisca (en esta ocasión se reservó el diminutivo, Priscila, para darle cierta relevancia) y de todos aquellos que se congregaban en su “grupo pequeño”. Había recomendado que se saludasen con un beso de paz (¡ojo, no hay argumento hermenéutico para piquitos descontrolados!) y lo había sugerido de su propio puño y letra. Todo iba bien hasta que se le escapa en el versículo 22: “Quien no ame a Dios sea anatema. ¡Maranata!” Y lo bueno es que, como si no hubiese pasado nada, sigue con animosas palabras de salutación.

¿Qué queréis que os diga? Se me desarmaron los “pre”. Sobre todo los de “presupuesto” y “previsible”. Acudí a los registros del sancta sanctórum de los teólogos bíblicos neotestamentarios: Moulton y Milligan, Kittel, Nida, Bruce, Conzelmann, Robertson y los 100000 hijos de S. Luis que los acompañan. Observé que las interpretaciones son múltiples y, como suele acontecer, de lo más variopintas. Me llamó la atención aquella explicación en la que se indicaba que nos encontramos ante un tipo de silogismo, obviamente clasificado por Aristóteles, que se denomina “entimema”. Ya sé que suena a enfermedad gravísima pero sólo quiere decir que “falta algo”.

No sé a vosotros pero a mí me encanta resolver enigmas. Y eso de que “falta algo” retó a aquellas neuronas de mi ser a las que les fascina la creatividad. Me encontraba ante la esfinge y había que solucionar el arcano. Y aunque, evidentemente, Dios ayuda, la madrugada no da para tanto. Hay que trabajar. Por eso, dejé el placer para otro momento del día y me dispuse a mis responsabilidades.

Al mediodía retomé mis pensamientos sobre el tema. ¿Qué tenía que ver esa maldición con una de las expresiones más relevantes del cristianismo? ¿Qué idea había pasado por la mente de Pablo para escribir, sí, escribir, aquello? Pensé que había mirado con los ojos del recuerdo las iglesias de Asia, todas afectivas, y, de repente, le vinieron a la mente las de Corinto, bien problemáticas y un tanto pendencieras. Concluyó que unos amaban y otros no tanto. Y de esa conclusión surgió la advertencia. Pero, aún así, ¿por qué Maranata? La Didajé no aclaraba demasiado el asunto aunque apuntaba a una posible solución: la expresión se había convertido en un saludo de los primeros cristianos.

En realidad Maranata son dos palabras, lo que no sabemos muy bien es cuáles. ¿Cómo? Os lo explico. Puede ser la fusión de los vocablos arameos “maran” más “ata” o de “marana” más “ta”. En el primer caso vendría a decir “el Señor viene” y, en el segundo, “¡Ven, Señor nuestro!”. Ambas implican esperanza, una constatándola, otra deseándola. Los primeros cristianos sentían con tal intensidad el retorno de Jesús que marcaba la cotidianeidad de su hablar. Forjaban la estructura de su lenguaje con la certeza de un mundo nuevo. En síntesis: lo que creían impregnaba su diario vivir. Con el tiempo y el uso, las dos palabras se convirtieron en una. Algo así como sucede con el término “adiós”. No sé vosotros pero yo he tenido el privilegio de conocer a gente que se despedía con la frase “vaya usted con Dios”. ¿Quién tiene tiempo para dialogar tanto? Apenas si nos llega con un simple “adiós”.

Además de la fusión se produjo un fenómeno lingüístico sumamente curioso. La palabra se convirtió en una expresión de finalización abrupta de discurso. Lo entenderéis muy bien cuando os recuerde algunos ejemplo en castellano. Alguien lleva media hora vendiéndonos la moto y comiéndonos el tarro (ambas expresiones admitidas por la RAE) y llega un momento en el que no aguantamos más. Es entonces cuando, en un acto de insurrección neuronal, gritamos: ¡Basta! Otro ejemplo. En nuestra más tierna infancia (no sé si hoy día “infancia” se merece ese adjetivo) todos tuvimos un mal día y reclamábamos algo a nuestro padre o nuestra madre. Cuando el diálogo se volvía impertinente uno de nuestros padres concluía el debate con un “porque lo digo yo”. Otro. Hubo un tiempo en que se estudiaba la Escuela Sabática y se compartían los conocimientos adquiridos de la Biblia y el Espíritu de Profecía al grupo (pido perdón por la ironía y a aquellos que necesitan su terapia sabática de grupo). Cuando la intensidad de las aportaciones llegaba a límites de peligrosidad doctrinal siempre había alguien que zanjaba la discusión con un “Ellen White dice…”.

Si alguien está pensando que es muy difícil que una expresión de despedida se convierta en argumento de autoridad sólo tiene que tener alguna memoria cinematográfica. Corría el año 1991 y se estrenaba “Terminator 2”. Al final de la película, una máquina con cuerpo de Arnold Schwarzenegger, concluía con: ¡Hasta la vista, baby! No sé si esta expresión da para mucho diálogo. ¿Os imagináis acabar cualquier conversación con un radical “hastalavistababy”? Con el tiempo se convertiría en un “talavisbei” o en un simple “vis”. Me lo puedo figurar:

Papá, ya sabes que soy un pobre mileurista y pagafantas, ¿me prestas 300 euros para salir esta noche?

Vis.

Te los devuelvo en cuanto comience a cobrar la jubilación.

¡Vis!

Bueno, volviendo a la expresión de Corintios. Hasta el siglo XIX, muchos teólogos asociaban “Maranata” con “anatema” y la interpretaban como una expresión para finalizar un diálogo y dar un argumento de autoridad. Me parecía, cuando lo leí, una interpretación coherente. Desde esta perspectiva podía resolver que Pablo quería concluir todo diálogo con los que no amaban a Dios y soltó eso de “Maranata”. De hecho, expresiones similares se empleaban en la antigüedad. Una de las más conocidas surgía, en un principio, de boca de pitagóricos y era muy empleada por los seguidores de Aristóteles: “Magister dixit” (“el maestro dijo…”). Cualquier discusión sobre lo físico o lo metafísico se concluía radicalmente si uno de los contertulios afirmaba “magíster dixit”. Con el tiempo, y la influencia de Roma sobre el mundo mediterráneo, se cambiaría por “Roma locuta, causa finita”. Vamos, si la iglesia lo ha dicho, ¡chitón!

Perdón, necesito un paréntesis. ¡Cuánto nos gusta decir la última palabra! Es enfermizo eso del silencio detrás de nosotros, de la búsqueda de la autoridad sobre los demás. Pero, ¿dónde reside la autoridad? ¿Tiene autoridad ese profesor universitario que llega a clase y fortalece su mensaje con “mi título es tal” o “he investigado tanto”? ¿Sabemos cómo realizó sus estudios o sus investigaciones? ¿Sabemos si su formación es relevante con relación a lo que está argumentando? ¿Tiene autoridad ese pastor que dice en una junta de iglesia que se hará tal o cual cosa porque él es el pastor? ¿Tiene autoridad y conocimiento innatos el maestro de Escuela Sabática al día siguiente de ser elegido por la comisión de nombramientos? ¿Tiene autoridad un artículo sólo por el hecho de mencionar a muchos eruditos a pie de página? ¿Hay gente que es autoridad para todas las cosas? Nadie niega la capacidad de Albert Einstein pero, ¿es autoridad en el cultivo y desarrollo de la stevia? A lo mejor nos sobran autoridades.

¿Sigues ahí? Disculpa la alinealidad de mis sinapsis, no hay excusa, es cosa de teólogos. Vuelvo a la narración. Se había hecho de noche y marché hacia la iglesia de Pioneros en la UAP con la determinación de no hablar del argumento de autoridad sino de la esperanza de los primeros cristianos. Bastantes complicaciones tenemos como para presentar el vaso medio vacío. Iba caminando por el parque cuando lo vi. Tendrá mi edad. No sé muy bien cual es su enfermedad pero tiene serios problemas de motricidad. Va en su bicicleta de tres ruedas, con un carro adosado, de aquí para allá haciendo sus negocietes. Le saludé y me adelanté por la vereda, no quería llegar tarde. No hacía ni un minuto cuando escuché un estrépito. Había volcado el carro y se había llevado con él al hombre. Estaba en el suelo con la bicicleta encima, las gafas y el gorro desparramados, y la imposibilidad de moverse sobre su mil veces doblegado orgullo. Varios corrimos a ayudarle. Le sangraba la frente. Él, impertérrito (¿cuántas veces le habría pasado aquello?) se volvió a subir a la bicicleta y continuó circulando. Me quedé detrás de él, no sé si con un paternalismo excesivo, para ver cómo iba.

Me emocioné y una idea cruzó mi mente: ¡Ven, Señor nuestro! ¡No te tardes más! Hay tanto dolor, tanta injusticia, tanta tristeza que ya no merece la pena seguir con esta tragedia. ¿No ha sido suficiente? ¿No ha quedado claro que la propuesta de Satán no tiene futuro? ¡Basta ya! ¡Marana ta!

Me sentía alienado de este mundo, quería ser ajeno al discurso de la lamentable cotidianeidad pero, entonces, le escuché. Delante de mí, con movimiento constante, saludaba con extrema cordialidad a todos los que le cruzaban. Algunos, cosas de jóvenes, ni siquiera le contestaban, apenas una mirada furtiva. Nos asusta lo que no es común. Él, sin embargo, no debilitó su amabilidad y prosiguieron los “holas” sin doblegarse a ningún dolor, fuera físico o social.

Y yo vi la luz. ¡Maran ata! ¡El Señor viene! Y no viene sólo en el futuro sino que sigue viniendo. El Reino de los Cielos se nos acercó con la primera venida de Jesús y continúa llegando cada día a los corazones. Una segunda vez vendrá físicamente, en gloria y majestad, pero hoy se nos acerca con el aleteo del Espíritu. Viene, constantemente viene. Esa persona, con movimientos torpes y dolidos me había dado una gran lección de hermenéutica. Lo que Pablo dice es que todo cambia desde la plataforma de Cristo, que si le reconoces él modifica hasta lo más adverso. Los corintios que no amaban a Dios no comprendían nada, debían comenzar el diálogo con lo transcendente para evitar la maldición. Hasta lo peor se soluciona con Jesús.

Nos acercamos a la Biblia desde el Positivismo, considerándola un objeto. Parece muy científico, como si tuviera autoridad, pero no lo es. Pablo nos propone interpretar la vida desde la realidad de la “venida de Cristo”. Primero desde la constatación de una primera venida, donde aprendemos lo intensamente que Dios nos ama. Después, desde la segunda venida, donde se fortalece nuestra esperanza y nos aporta un horizonte que supera lo mortal. Y, por último, la venida de cada día porque no le agradan los argumentos de autoridad sino el diálogo, el encuentro.

Maranata no es un “adiós” sino un “hola”. Hola en la mañana cuando al caminar me refresca la cara y el corazón. Hola en el trabajo o en la universidad cuando soy instrumento de salvación y consuelo, cuando me sonrío ante el auctoritas de turno pero sigo siendo amable. Hola en casa cuando trato a los míos con el afecto que se merecen o no. Hola en las horas tristes porque no son nada ante la eternidad y en las horas alegres porque son un trailer de lo que está por venir (Coming soon!). Hola cuando Jesús toca nuestro corazón y nos pide que le invitemos a unas pizzas. ¡Hola!

No he querido hablaros desde mi currículo, ni desde mi edad, ni desde mi estatus porque sería una falacia argüir a la autoridad que no lo es. Quería hablaros así, dicharacheramente, desde el reconocimiento de ser residente del Reino de los Cielos (¡cuánto anhelo tener todos los papeles en regla!). Y la culpa la tiene la Palabra. Insiste en toparse amorosamente ante nosotros con pretensiones de Contenido y Comunicación. Y, siempre, resulta. En este momento, ojalá, la cosa también os funcione a vosotros.

Sólo me resta deciros una cosa: ¡Maranata!

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