jueves, 16 de abril de 2009

Belleza alterada

Ha llegado el otoño austral y me resulta bellísimo. ¿Bellísimo? El irregular descender de una hoja de intenso carmesí que descubre los fractales de los arces del parque de casa me motiva. ¡Qué paradoja! Disfruto con la decadencia. Quizá no he aprendido la lección del color.

NERVIOS

 

No has caído con el invierno

aunque te sonrojaste

al quedarte sola,

cuando las demás

dejaron el huerto,

cuando se balancearon

hacia otras.

 

Has conservado tu savia,

tu celo

soportando las heladas,

las podas;

las largas sombras

sin cielo;

los recuerdos del sol

en las lomas.

 

Y piensas que todo pasa,

que no es eterno,

que volverán los colores,

otras hojas,

la fuerza en las ramas,

el rocío mañanero.

 

Y esperas el final de las cosas,

y sabes que siempre

acaba el invierno.


Profeta de los que no hay

A muchos les gusta jugar a augures pero tienen mala memoria. Nosotros también. A muchos les gusta envolver la palabra en tonos y gestos pero tienen mala retórica. Quizá nosotros también. Pero él hablaba la verdad y sonaba a bello. Tal vez, por ello, Jesús lo recitaba con melodía y, por supuesto, sin notas.
A Isaías, de esos profetas que ya no hay.

SILENCIO

A Isaías,

al poeta que admiro,

al profeta que respeto,

y, sobre todo, a la presencia del Eterno.

 

Susurrando sibilantes sílabas te sentaste

en las faldas de nieblas y vientos,

soñando aleteos sonoros, sintiendo.

Anonadado palpaste el traqueteo

zigzagueante del templo, del tiempo.

Y eras nada. Cero.

Silencio.

El acento de mi vida

He comprendido, con el devenir de los días, que la tilde cambia de lugar. Es cierto, he dejado mis años de intensidad donde todo era agudo, no siempre agudez. Y llegaron las horas llanas, francas como el corazón bueno, y crucé océanos y simas con amigos y otros. Pero mi tilde cabalga y me exige tres sílabas, poco es breve apenas mi tiempo. Las cosas son así y, cosas del acento, me siento por fin algo más de aquí, menos molesto.

NAVEGANDO

 

He encontrado mi brújula,

la perdí en el Ártico

de mis días de escéptico.

Recordé que la náutica

no es cosa de excéntricos,

que en el mar, la práctica,

sólo te quita el vértigo;

que las olas son pláticas

con las rocas del mérito;

que los tesoros son fábulas

de navegantes sin éxito.

 

He encontrado mi brújula,

y su obsesión por lo magnético

me dio una vida esdrújula

y un corazón con léxico.

 

Mirando atrás, ¡¡gracias!!

Fueron días de dolor. Ella, diminuta e indefensa, se encogía en una cuna de cristal. Nosotros, diminutos e indefensos, nos encogíamos entre lágrimas de cristal. Pero Dios, inmenso y poderoso, nos ofertó la luz. Cuando miró atrás desde el ahora, cada neurona de mi ser, en sinapsis y algarabía, dice: ¡Gracias!

UNA NANA

A NENA AINHOA

 

¡Aupa, nena Ainhoa, aupa!

Imita sueños de seda.

No llores cuando la luna

huela a cartón y piedra.

Olvida y siente frescura.

 

¡Anda, nena Ainhoa, anda!

Pide una estrella en tu cuna,

estrellita engalanada.

Despiértala cuando la tuna

ronronee antes del alba.

 

¡Ora, nena Ainhoa, ora!

Silenciosa, acurrucada.

Añadiendo tu blancura

a tus chiquitas palabras.

Ríe en la noche oscura

mientras Jesús canta nanas.

 

¡Escucha, nena Ainhoa, escucha!

¿No oyes como te canta?

Tiene en la voz dulzura,

en los ojos tu faz blanca.

Risueño, junto a tu cara,

observando tu luz clara,

siente que el dolor no dura.



Una reflexión sobre Dios

Dios no deja de estar, ni de actuar aunque no siempre le percibamos como tal. La acción de lo bueno no espera la comprensión del receptor. Estar ahí por convicción, a pesar de las reacciones, es la mecánica divina.

EL MIMO DE LOS TIEMPOS

 

¡resoplas serpenteantes movimientos!

 

Eres el mimo de los tiempos

con tu cara blanca,

con tus ojos tiernos.

 

Te sonrojas entre las montañas

cuando a la catedral vuelan los cuervos,

cuando tus níveas barbas

se hacen espuma, algodón, sueños.

 

Como todas las tardes llegas al alma

con tus recatados y amables gestos,


 
con los mirlos que se engalanan

cantando adioses al invierno.

 

A fuerza de brotes con el sauce hablas,

con el olmo que se eleva callado y quieto,

con la hiedra que se enzarza

en verdes y complicados enredos.

 

Al fondo, los ecos de una campana

suspiran por agarrarte dentro,

por tener la receta sagrada

de tus cotidianos movimientos.

Cuidas, sigiloso, tus mesnadas

como la gallina a sus polluelos.

Das a la vida ritmo,

al pimpollo savia,

azul al cielo.

 

Eres el mimo de los tiempos,

el de las manos horadadas

por sus pequeños,

el de las pocas palabras,

el de los muchos hechos,

el de las tardes en casa

cuando se aleja el invierno.